La Navidad es una época del año cargada de simbolismos, y digo una época porque para mí comienza todos los 8 de Diciembre cuando en familia se arman los árboles y se hacen los belénes o pesebres.

La tradición de los belénes tiene un doble valor, el religioso y el familiar. El segundo se acentúa cuando hay niños en la casa y armar el Belén se convierte en una actividad compartida. Por eso, más allá de elegir o armar las figuras de acuerdo a un criterio estético, se debe conservar siempre ese espíritu de la comunión familiar. Para mí un pesebre hermoso con el que no se puede jugar es un poco menos navideño.
Las personas que han convertido el hacer belénes en una obra de arte tienen de seguro esa relación lúdica con la Navidad. Si no los han descubierto, los invito a buscar las reproducciones históricas de Belén que miles de aficionados construyen año a año.
En nuestra casa no será posible hacer belénes de semejante complejidad, pero una decoración navideña no es tal si no pensamos en un buen lugar para recordar el nacimiento de Jesús.
En el momento de elegir las figuras para los belénes, se puede optar por las tradicionales o por agregar un toque original al pesebre. Lo importante es recordar que el espíritu navideño debería ser más festivo que solemne, y que un adorno hecho en familia es más valioso que la joya más cara.
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