Conocido por su forma de araña, fue algunas veces reverenciado y otras criticado, pero es sin dudas un clásico del diseño industrial.
Su creador, Philippe Starck realizó el primer boceto del exprimidor en una servilleta de papel, mientras degustaba un plato de calamares en un restaurante. En el año 1990 cuando lo presentó oficialmente, fue celebrado y rápidamente alcanzó popularidad. La flamante pieza para el hogar podía ser confundida con una araña de tres monstruosas patas o ser emparentada con alguna figura de carácter alienígeno.
La firma que se ha encargado de comercializarlo es la italiana Alessi. El material empleado: aluminio pulido. En el año 2000, con motivo de su décimo aniversario, se hicieron unas 10 mil unidades bañadas en oro. También hay una versión en blanco y negro pero tanto ésta como la anterior dorada, están seguramente en manos de coleccionistas ya que obtenerlas no es tarea sencilla.
La reverencia que supo ganarse el objeto, no lo salvó sin embargo, de recibir algunas críticas que, quizás le hayan servido para ganar aún más fama y despertar la curiosidad tanto de los consumidores como de los aficionados a la industria de los objetos. Algunos han llegado a sostener que esta creación es “disfuncional” debido a que el líquido se chorrea por las patas del exprimidor y además no posee un sistema de filtro de semillas, por lo que éstas quedan atrapadas en el jugo. Incluso se le ha escuchado decir al propio Philippe Starck, dueño de un estilo único y provocador, que el Juicy Salif “no fue creado para exprimir limones, sino para iniciar conversaciones”.
Los adeptos al estilo y a la persona de Starck parecen no interesarse por estos comentarios y lo cierto es que en la actualidad, el Juicy Salif se ha convertido en una joya del diseño, verdaderamente requerida y referenciada.
En cuanto a su polémico creador, es bueno destacar que ha diseñado otros objetos como gafas, ropa, maletas y sillas, y realizado trabajos de decoración muy famosos y comentados. Los interiores de los apartamentos del ahora ex Presidente galo François Mitterrand, en el Palais de l’Élysée y los interiores del Hotel Royalton de Nueva York, entre otros, pueden dar testimonio de esto.

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